El inmigrante alienígena: District 9 (Neill Blomkamp, 2009)

Pablo Marín Escudero | Cine e inmigración

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Si pensamos en un filme de notable presupuesto en cuyo punto de partida tenemos una nave nodriza alienígena sobre una gran ciudad terrestre, albergaremos la expectativa de una superproducción de Hollywood en la que un héroe estadounidense se dispone a salvar el planeta de un apocalipsis seguro pese a la inferioridad tecnológica humana. Nos dispondremos, además, a disfrutar las últimas novedades en efectos especiales digitales, un espectáculo garantizado en definitiva. Pero si la gran ciudad terrestre de la que hablamos no es ni Nueva York, ni Washington, ni Los Ángeles sino Johannesburgo, la historia adquiere por fuerza un nuevo calado donde muchos elementos trillados pueden convertirse en auténticas cargas de profundidad semánticas habida cuenta de que estamos en la cuna del Apartheid.

Se trata de un filme que comienza en modo documental y cuyos efectos especiales, pese a su valor, no están, como suele ocurrir, al servicio de sí mismos. El argumento transita por diferentes lugares comunes del género pero no se queda en la mera repetición de los mismos sino que los utiliza como punto de partida pare llegar a otros trayectos de sentido y a inevitables sugerencias interpretativas.

Se ha formado una colonia multitudinaria de insectos antropomorfos extraterrestres (estéticamente lejos y cerca de los de H.R. Giger) en el históricamente icónico espacio de Soweto.  Se alimentan de la basura, o de carne fresca o de comida de gato enlatada, cuyo contrabando aparece bajo el control de una especie de grupo mafioso de inmigrantes nigerianos, violentos y, cómo no, caníbales. Los estados han pasado la responsabilidad del control sobre los alienígenas a manos de una empresa privada interesada en explotar económicamente su armamento: Multi-National United. Una especie de ONU (abiertamente) pervertida por el neoliberalismo.

DISTRICT 9 (2009)

El protagonista, lejos de ser un héroe redentor de la humanidad, es un empleado de clase media que se interna en el gueto con el apoyo del ejército privado de su empresa, entregando órdenes de desahucio a los lumpen-alienígenas. El contacto del humano blanco con el otro-migrante no humano, lleva al contagio del primero y a la metamorfosis progresiva del humano en monstruo. En su identidad inestable su sangre se vuelve literalmente negra, cosa nada banal para un blanco en África. Algunas cuestiones formales convocan líneas de sentido dignas de desarrollo: su transformación corporal recuerda al clásico The Fly (1958 y remake en 1986). En otras secuencias vemos el exoesqueleto de Aliens (1986) y de Avatar (2009) que es metamorfosis a la segunda potencia de sus propios cambios corporales. El derribo de una nave por parte de un hombre negro con un lanzacohetes desde tierra, se parece al de Black Hawk derribado (2001). Encontramos también algunas propuestas visuales inmersivas del videojuego en primera persona Halo y sus secuelas (números uno en ventas de la consola de Microsoft): la sangre, en ocasiones, salpica a la cámara, nos salpica, trastoca nuestro yo, mancha nuestra mirada, hiere tal vez nuestro Narciso mientras una disruptiva vibración del mando se infiltra directamente en nuestro cuerpo. Hay que recordar que la sangre también enturbia la mirada de la cámara en Children of men (2006) de Alfonso Cuarón, distopía sobre la infertilidad y el delirio del control migratorio y que el planteamiento inmersivo del autor continúa en Elysium (2013), segundo filme de Neill Blomkamp, ya interferido desafortunadamente por Hollywood.

Los discursos xenófobos de pronto aparecen puestos en boca de un hombre negro del gueto, que puede ser tanto un inmigrante africano de Mozambique, Botsuana o Namibia como un oriundo de la República Sudafricana. Se hace patente así que la categoría del extraño en las sociedades preexiste a la llegada del inmigrante, es móvil y tiene una fuerte componente de clase. Otras evoluciones, además de la del protagonista, invitan también a observar con desconcierto la inestabilización de una mítica identidad cerrada: la humanización de los bárbaros, la barbarización de los humanos.

La idea del contacto con el Otro como sinónimo de contagio, unido al escenario africano y una línea de desarrollo argumental donde la persecución que sufre el protagonista mutante se legitima sobre la difamación acerca de un supuesto contacto sexual con los extraterrestres, que sabemos no ha tenido lugar, convoca inevitablemente la plaga del SIDA cuya narración está llena de mitos homófobos y xenófobos, además de ser especialmente significativa en África.

Gran acierto del film entre muchos otros es también su estética sucia. No todo lo que viene en una nave espacial necesita ser blanco, nuevo, limpio o ajeno a la explotación.

Una de las hipótesis que se plantea (no hay respuesta a ello definitiva) acerca de los alienígenas  es que son una especie de clase obrera desorientada por la ausencia de sus líderes. Interesante traslación de los mitos ideológicamente prescriptivos en los discursos hegemónicos actuales acerca de la élite y la masa, que hablan sobre todo del imaginario de quien los sostiene.

Nos resulta inevitable leer la transformación del empleado desahuciador (desahuciado a su vez de su propio cuerpo) en uno más de los alienígenas sometidos, entre otras cosas, como el proceso de trasformación de la clase media en clase obrera y finalmente en lumpen proletariado que en la actualidad deja ver claramente el capitalismo, aunque a diferentes velocidades en distintos lugares del planeta. Parece inequívoco su paso ligero hacia la polarización de la desigualdad extrema en el reparto de la riqueza.

Ante la repetición insistente del tema del fin del mundo en el cine de Hollywood, he aquí una aproximación inquietante a otro fin más probable como difícil de enunciar: el del capitalismo, el fin de un mundo. Filme digno de ser visto y pensado, basado en el cortometraje del mismo autor Alive en Joburg (2006).

 

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