En homenaje a Alberto Elena

Domingo Sánchez-Mesa (Director del Proyecto)|

No se ideó este blog con la idea de responder a la actualidad informativa relacionada con el fenómeno mundial de la migración y, en concreto de sus manifestaciones y realidad en nuestro país (ganas no nos faltan de romper esa restricción últimamente), pero hoy sí que nos vemos impulsados a editar aquí un post recordando a uno de nuestros colaboradores más queridos, un maestro y colega muy apreciado en nuestro grupo que ahora perdemos y cuyo hueco va a ser irremplazable.  

Pronto hará apenas un mes (martes 6 de mayo)  que fallecía Alberto Elena, catedrático en Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III. La noticia de la gravedad de su estado nos llegaba un par de días antes a través de un amigo común, el cineasta y profesor Moisés Salama. Parecía que la eterna lucha de Alberto contra la enfermedad del cáncer iba a dormir finalmente a esa rosa de fuego que enloquece nuestras células y que maldecimos, que volvemos a maldecir, impotentes, como se merece.  Finalmente, como imagino él sabía, la lucha tuvo que llegar a término.

Conocí a Alberto en la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación de la Carlos III, donde ambos aterrizamos casi al unísono hace ahora diez años. Entre otros proyectos, yo estaba importando la idea de investigar y enseñar, desde el área de teoría literaria y literatura comparada, sobre imagología de la inmigración, tanto en literatura como en cine. Desde el primer momento, Alberto Elena, fue una de las referencias en mi intento de estudiar, conocer y comprender las cinematografías de otras zonas culturales distintas al ecosistema euro-occidental (colonia semi-independiente de Hollywood). Libros como Los cines periféricos: África, Oriente Medio, India (1999), su monográfico en la serie de cineastas de Cátedra, Abbas Kiarostami (2002); La invención del subdesarrollo: cine, tecnología y modernidad (2007) o  La llamada de África, estudios sobre el cine colonial español (2010) resultaron fundamentales para mi. Además, él se había preocupado específicamente por la cuestión de la figura del inmigrante en el cine español, insistiendo aparte de en la importancia de la presencia de las identidades latinoamericanas en nuestro cine, en un aspecto que nadie observaba por entonces, esto es, que para poder  plantearse el papel, funciones o particularidades de las imágenes representadas de la inmigración en el cine español, había que plantearse los precedentes de la imagen del extranjero en el cine español y revisitar no sólo el cine inmediatamente anterior a lo que él llamada el paradigma de Las cartas de Alou (1990) sino el mismo cine colonial español, donde se marcaban ya las trazas de unos perfiles y unas cualidades sobre o contra las sucesivas figuraciones debían proyectarse. 

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Alberto fue uno de los ponentes invitados al Curso de Humanidades que organicé en colaboración con la Residencia de Estudiantes Fernando de los Ríos, que dirigía por entonces mi buen amigo, José Vida. Creo que fue allá por la primavera de 2006. Recuerdo perfectamente la brillantez y modestia (era la primera vez que le oía en público) de la exposición de Alberto, abriéndonos ventanas y compartiendo claves y títulos que marcaban un camino indispensable. Como otros muchos colegas y compañeros más cercanos a él pueden atestiguar, Alberto se comportaba con una generosidad extraordinaria cuando alguien se acercaba con interés y necesidad auténtica de sus conocimientos. Me proporcionó referencias y películas que me ayudaron mucho. A partir de entonces las conversaciones en pasillos y algunos cafés fueron generando una relación de gran cordialidad. Era fácil hablar y compartir con alguien tan amable, tan correcto y caballeroso, tan estimulante, curioso y riguroso al mismo tiempo. Aparte de cinéfilo era un gran lector.  

Fueron varias las veces que conté con su colaboración, pero un hito fundamental en estos años fue el inicio de la aventura de un nuevo festival de cines “periféricos” en mi ciudad natal, Granada, el Festival Internacional “Cines del Sur”, que se inaugura precisamente hoy, en su VIII edición. Un festival ahora en vilo, que los que amamos el cine y la cultura nos esforzamos en apoyar, y que entonces se convirtió en uno de los acontecimientos culturales más significativos de la antigua capital del reino nazarí. Alberto Elena, junto a Mirito Torreiro, el mismo Moisés Salama y José Sánchez Montes, director del festival, fue el motor intelectual y académico de aquel proyecto, tan singular y apropiado para una ciudad con el legado de Granada. Aquel festival se llamó “Cines del Sur”.  Hoy, en el plan de estudios del Grado en Comunicación Audiovisual cuyo diseño y desarrollo he coordinado durante los últimos 5 años, hay una asignatura llamada así, “Cines del Sur”.  Alberto fue la persona con quien consulté mis ideas y dudas a la hora de programar los contenidos y orientación de dicha asignatura. Él dejó el proyecto del festival hace ya varios años. A unos días de la inauguración de la VIII edición, será inevitable que su figura sea recordada y reconocida como una de las claves de la existencia del evento. Ahora la UGR, a través de la Facultad de Comunicación y Documentación, coordina un pequeño ciclo dentro del mismo festival, “Tan lejos, tan cerca”. 

Alberto formó parte de alguno de los tribunales académicos de trabajos de investigación dirigidos por mí, de los que estoy especialmente orgulloso, en concreto de la tesis de fin de máster de Rosana Vivar, precisamente sobre festivales de cine, siendo también punto de referencia para nosotros y consultor ocasional en las tesis doctorales de Nasima Akaloo y  Pablo Marín Escudero (uno de los alumnos de posgrado que me acompañó en mi “migración” particular de la Carlos III a la UGR), precisamente sobre la representación de la inmigración en el cine documental español. Su brillantez y generosidad quedaron de nuevo de manifiesto todas esas ocasiones, con observaciones y críticas siempre iluminadoras, siempre constructivas. 

Recuerdo también varias conversaciones hacia el final del invierno 2011-2012, tras haberle invitado a impartir en Granada un seminario en el seno de mi proyecto “Imágenes de la Inmigración y Convivencia Intercultural”. Una de esas charlas se produjo mientras conducía mi coche, bajo una tormenta increíble, en el camino hacia Madrid. Coincidió con una de sus recaídas o periodos de salud más delicada y aunque había aceptado en un primer momento, hubimos de suspender dicho seminario. Su apuro y pesar por este hecho eran sinceros y percibía yo, tras la serenidad exquisita de su voz, la pugna en que se encontraba, adaptado plenamente como estaba a la vida en esa condición de enfermedad y disponibilidad intermitente. 

Pudo regresar a impartir ese seminario en el otoño 2012, abarrotada la sala de conferencias José Palanco con los miembros de mi proyecto (estaba yo en los EEUU, con una estancia de investigación) y los alumnos de teoría literaria y comparada. El buen sabor de boca que volvió a dejar en todos fue unánime.

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Mi buena colega en el departamento de Teoría de la Literatura en Granada, Mª Ángeles Grande volvió a darnos la oportunidad de disfrutar de su concurso académico en el tribunal de tesis doctoral de Amy Dolin (primavera de 2013), otra doctoranda miembro del proyecto antes citado, que peleó durante años con su tesis hasta lograr un estupendo final en el que Alberto de nuevo nos iluminó y articuló un diálogo magnífico durante el acto de defensa. 

Estos días he visitado la Facultad de Alberto en la Carlos III, invitado por colegas de su departamento. Sus compañeros y amigos, con el decano, Manuel Palacio a la cabeza, están muy tocados, tristes y apesadumbrados. Entre otros, Asier Aranzubía, quien compartió despacho con él varios años, tuvo palabras muy emocionantes sobre el sentimiento de su pérdida. Se le va a echar mucho allá y seguro también entre sus antiguos colegas de la UAM y sus muchos alumnos y discípulos. Entre Madrid y Granada, disfruté de su cálida sabiduría y generosidad. Vuelve a ser una sensación muy extraña el desarraigo de los mejores.

Entre las muchas películas con la que podría vincular su recuerdo en este mismo momento, se me impone “Heremakono / Waiting for Happiness” del realizador mauritano Abderrahmane Sissako, una de las elegías más certeras y emocionantes sobre la experiencia de la migración (africana en este caso) que descubrí gracias a él. 

Seres errantes, y a la intemperie. Eso somos porque, ¿quién hay que no sea emigrante? 

Hasta luego Alberto. Muchas gracias. No te vamos a olvidar.

(Fotografías: Ana Belén Estrada)

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