“Catalunya Über Alles”, la mirada autocrítica en tiempos de crisis

Pablo Marín Escudero | Cine   Catalunya Über Alles! de Ramón Térmens (2012)

 

 

Ramon Térmens aborda la difícil tarea de escribir y filmar historias entrelazadas en un momento en que ya tenemos el paladar asentado en guiones magníficos como los de Paul Thomas Anderson, Guillermo Arriaga, Robert Altmann o Tarantino, entre otros. Inevitablemente cada vez que se plantean narraciones de historias que se cruzan, se echa en falta la finura de aquellos guiones maestros. No es en este sendero donde se hallan por tanto las virtudes del film. La yuxtaposición de tonos de las tres historias (tragedia, comedia, drama), tampoco favorece la percepción de unidad de la película. La convergencia de sentido parece buscarse, al menos por esta vía, sin un éxito remarcable.

 

 

 

 

La construcción excesivamente esquemática de los personajes y la trama y las enormes dificultades del guión para despegarse de los lugares comunes de los que parte, dejan la sensación general de una película cuyo mérito es un intento voluntarioso de abordar con crudeza el tema de la xenofobia en España. No es poco.

 

 

Estas cuestiones no son juzgadas en nuestra perspectiva de análisis como fallos o limitaciones artísticas o creativas, sino como síntomas del estado necesariamente embrionario de los discursos de esta naturaleza producidos en España. Por tanto hay que decir en defensa del film que comienza el largo camino discursivo de intentar decir algo de lo que no se ha hablado todavía: una sociedad dominada por elementos discursivos hegemónicos reacios al extranjero, máxime en tiempos de crisis. Se trata pues de un discurso autocrítico que comienza a forjarse, con los ineludibles problemas de los inicios.

 

 

Hay que destacar entre sus virtudes el tema implícito de la mirada: es una película cuyos protagonistas intercambian miradas en silencio, muchas veces son miradas de desconfianza o vigilantes, las miradas al ex convicto al llegar al pueblo, la mirada robada (material de extorsión) de la grabación oculta de la prostituta rumana, la miradas de descubriendo del engaño entre la pareja de la tercera historia, esa mirada a cámara que cierra el film. Un mundo en el que comprar una barra de pan es una batalla campal de miradas y desconfianza. También está el trabajo del señalador de morosos, que consiste precisamente en atraer la mirada delatora para infligir la humillación social, la mirada social de desaprobación.

 

 

La primera de las historias aborda el estigma social del ex convicto como categoría social del extraño e interesa en la medida que da indicación de este paradigma y plasma una intuición muy acertada: que la estructura de la exclusión al migrante preexiste a su llegada, lástima que no se señale aquí su componente de clase. Este segmento del guión aparece escrito en parte sobre la fábula del monstruo de Frankenstein que intenta en vano acercarse tiernamente a una niña. El personaje solo puede retornar a una madre edípica que lava sus pies, es un sujeto que no tiene deseo al que regresar porque su novia lo rechaza finalmente a causa de la presión social. Está condenado a desaparecer sin apenas haber dicho una frase. Por otro lado no está exento de problemas que el marco de sentido sobre la categoría social del extraño que propone esta primera historia lo protagonice un violador reconvertido a mártir social, un violador que después de 20 años vuelve a casa de su madre en un autobús lleno de africanos. Complejos y delicados trasvases de significado.

 

 

La segunda de las historias está trabajada desde el humor y por momentos, respira mejor que las otras dos: un hombre negro consigue explotar los temores sociales hacia la negritud, prosperando fugazmente como “cobrador catalán negro”, un perseguidor de morosos con traje tradicional catalán. Uno de sus morosos es el político racista y xenófobo, al que veremos en busca de financiación hablando en castellano, mientras el hombre negro le habla catalán. Un detalle que tal vez no sea banal. Al final el político gana las elecciones y el inmigrante asume su derrota, dejando el pueblo.

 

 

 

En la tercera y última de las historias una familia blanca burguesa edifica simbólicamente su prosperidad sobre los cadáveres de dos extranjeros: un ladrón albanés y una prostituta rumana que lo chantajea. El personaje esgrime un discurso público muy reconocible en una entrevista televisiva: “no soy partidario de vincular inmigración y violencia pero últimamente estamos teniendo muchos atracos”. El descubrimiento final por su mujer de su condición de adúltero conforma una quiebra general de autenticidad de los valores que dan sentido a sus vidas. El nuevo alcalde racista, presente de una u otra forma en las tres historias del film, instrumentaliza mediáticamente este suceso.

 

 

Finalmente señalamos una cuestión de gran peso que deja al film en terreno de un cierto funambulismo ideológico: la identificación de la parafernalia patriótica catalana con la xenofobia. El problema sería una lectura posible desde el tan autonegado discurso del nacionalismo español. No hay que olvidar que este sentimiento xenófobo o reacio a la inmigración, lejos de habitar compartimentada en grupúsculos políticos oportunistas, atraviesa un espectro político y social muy amplio en España. En el marco de la reivindicación del derecho de autodeterminación catalana, que emerge con fuerza simultáneamente al estreno de la película, su identificación con un nacionalismo de inspiración nazi-fascista, evocado por el título, resulta cuando menos una idea perturbadora en el contexto de la historia reciente de España. Recordemos que la negación del derecho de autodeterminación de las nacionalidades históricas del estado español mana en buena parte de un sentimiento nacionalista español construido, o al menos fortalecido como mecanismo identitario durante la dictadura franquista.

 

 

 

Todo ello no resta interés ni valor alguno a la llegada a los discursos cinematográficos con la fotografía literal de las campañas políticas xenófobas que han aparecido en la política catalana de forma tan manifiesta. “Nosotros primero, luego los inmigrantes”, elemento que impregna numerosos discursos sociales en muchas sociedades europeas y que da la espalda a la esencia misma de la constitución sobre diversos sustratos de las comunidades que habitamos.

 

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