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cine, crítica, documental

“La puerta de no retorno” del documental español sobre inmigración

Pablo Marín Escudero | Cine   La puerta de no retorno, (Santiago Zannou, 2011)

Con este documental (2011) Santiago Zannou se ha adelantado varios años al cine español sobre inmigración y anticipa un ciclo que probablemente aun se demore al menos una década en comenzar a dar regularmente sus frutos. El premiado cineasta madrileño abre así una puerta, sin duda muy necesaria, para el inicio de la superación de buena parte de los lugares comunes del cine de no-ficción español que se ha querido aproximar al trabajador migrante hasta el momento. Por fin – y es un comienzo- España produce un documental hecho por un español que deja de utilizar al migrante para hablar de sí misma, por lo menos en los términos ya conocidos hasta ahora. Éste es el gran valor de la película, su soplo de aire fresco.

Zannou pone las bases para superar el cine documental de la mirada estupefacta y colonial, paternalista y obsesionada por reafirmar la imagen impecable del español confundido ante la caducidad de los viejos fundamentos de su identidad nacional, el español piadoso frente al desdichado, victimizado e infantilizado migrante, con su atributo de mano de obra barata borrado por un impecable envoltorio de humanitarismo, que no parecía más que una gratificación narcisista del sujeto cultural español a sí mismo.

El film es una historia de perdón, de redención materno filial y paterno filial entre africanos, en África. El desarraigo en la voz y en la mirada del migrante que vuelve a su origen cuarenta años después de su llegada a España, ya en la vejez. Un drama íntimo narrado en lo que convencionalmente llamaríamos primera persona. Una narración que navega sobre el llanto incesante del protagonista que, como Odiseo, no volvió a tiempo para ver de nuevo a su madre, a la que ahora visita en su tumba, como parte de un ritual de desagravio. Un migrante que tampoco volvió a tiempo a su madre patria, a la que apenas reconoce ya. Hay mucho en el film de encuentro y diálogo con los muertos, con el pasado, con la historia.

En efecto, estamos ante la búsqueda del perdón de una madre, confundida con la tierra, con la madre patria, el lugar simbólico y real de la expiación de lo que el protagonista considera su culpa. Traicionar a la madre para cuidar de sus hijos, traicionar África por una Europa soñada que, al final también golpea fuerte. El acto migratorio como traición no es un elemento nuevo en el documental español sobre inmigración reciente, pero aquí se presenta en una vertiente intimista, lejos de una pretensión ideológica pedagógica, diríamos, fuerte. Aún así, en una secuencia el protagonista cuenta un cuento en que invita a los niños a estudiar para arreglar su país, desechando implícitamente la empresa migratoria desde el lugar común de su ilegitimidad, una idea siempre digna de señalamiento ideológico, por escorar la realidad hacia el mito de El Dorado, en tanto que mala conciencia del colonizador, siempre transferida a la supuesta ambición del colonizado, en este caso el inmigrante.

El comienzo del film tiene un valor que no se debe pasar por alto para una comprensión profunda de la película: durante unos segundos el director del filme, hijo del protagonista, da instrucciones a su padre acerca de cómo expresarse ante la cámara. Esto hace pensar que la historia del perdón del protagonista ante la tumba de su madre trascurra en paralelo a otra historia de ajuste paterno-filial, entre un protagonista y un director (hijo) que desea que lo que se dice en el filme, sea dicho.

El ritual prescrito al protagonista en el marco de una ceremonia animista consiste es coger tierra del lugar de nacimiento de su madre y esparcirla sobre la tumba de esta, es decir, es una ceremonia de restitución a su madre a la tierra de su lugar de origen. Él regresa a su tierra para hacer a su madre regresar a su propia tierra, se trata de conectar personas con el lugar del que provienen, de restituir esa conexión que se ha roto. El lugar de origen aparece sacralizado como lazo indisoluble y abiertamente confundido con la filiación. Ante la tumba de su madre depositan la tierra de donde ella, inmigrante interior, nació. Regresan a la madre, puerta de no retorno que les alumbró a un mundo de explotadores y explotados.

Los valores de la película, nos hacen no prestar demasiada atención a otras cuestiones que, tal vez, dentro de unos años no jueguen a favor de la puesta en valor del film, cuando llegue el momento en que se produzca en España con normalidad cine más maduro sobre inmigración o hecho por inmigrantes. En este sentido se podrá objetar lo artificioso y en ocasiones algo forzado que pueda resultar el permanente pensar en voz alta del protagonista. Tal vez inducido por un ansia verbocéntrica del director, aspecto enfático que no hace bien al film. También se puede decir que el deseo del migrante no termina de estar claro, porque Alphonse parece navegar su mar de lágrimas llevado por una corriente doble: por un lado el deseo de su madre muerta y por otro el deseo de su hijo de enfrentarle con su pasado. ¿Y su deseo, el deseo del migrante que lo instituiría como sujeto?

En otro nivel, la mirada, pese a sus valores, es también la manida mirada europea sobre África que no puede dejar de transitar por los ya conocidos lugares comunes del paisaje, los ritos tribales, la miseria, la cámara lenta para observar a ciertos grupos como por ejemplo los niños, la miseria, los ritos, el paisaje y las irrenunciables vistas aéreas.

No obstante este aspecto se ve de sobra compensado por la aparición de un continente africano que además de rural es urbano (cuestión normalmente invisible o tachada por la mirada colonial europea en su visión de África imaginada), que además de animista es católico y musulmán sin que de ello se derive conflicto alguno y donde los idiomas autóctonos y coloniales entran en contacto con naturalidad. Tenemos además, un África que un español puede mirar bajo ritmo de blues igualmente. Un África que no es una oscura selva tribal, sino la clara trastienda del capitalismo. El racismo de los blancos europeos puede además ser señalado sin tapujos con el valor añadido de no convertirse en centro temático del filme, sino algo dado en el discurso del africano. “Europa ha sido dura conmigo por ser negro”, “a ellos les importa el color”, “hoy en día ser negro siegue siendo muy difícil” dice el protagonista.

Las raíces de dolor y violencia de la historia familiar emergen y se conectan con la sugerente alusión final a la esclavitud: “desde esta puerta salían los esclavos para nunca más volver”. Esa es, en lo literal, la puerta de no retorno del título, el monumento en Ouidah (Benín) al lugar por donde salían los esclavos, que en este contexto conecta las migraciones inducidas por el capitalismo globalizado con una analogía esclavista que conviene no olvidar.

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