Inmigración, exilio y amor en “Ispansi”, de Carlos Iglesias.

Pablo Marín Escudero | Cine   Ispansi (¡Españoles!), (Carlos Iglesias, 2011)

Ispansi (¡Españoles!) (2011) es un filme de ficción que guarda un singular paralelismo temático con el documental de Jaime Camino de 2001, Los niños de Rusia. Transita prácticamente uno a uno todos los puntos de paso temáticos de aquel filme de no ficción donde varios niños exiliados, ya ancianos, narraban en primera persona su experiencia. Su admirable contención narrativa nos presentaba una especie de horror intacto en su intensidad pero aliviado por el paso del tiempo. El documental reivindicaba además al bando republicano como víctima (de la Guerra Civil, de Franco, de Hitler) con una nitidez pareja al sentimiento de gratitud explícita hacia la Unión Soviética, no exento de crítica a la cúpula del Partido y a los crímenes de Stalin, pese a la ayuda recibida.

Diez años después, el enunciado que plantea Ispansi pertenecería a un discurso opuesto en ciertos niveles al del documental de Jaime Camino. Más allá de sus valores técnicos y artísticos, ajenos a esta breve reflexión, la película de Carlos Iglesias forja una auténtica ceremonia (ideológica) de confusión sentimental, muy afín a los discursos sociales contrarios en España a la puesta en escena de la cuestión de la impunidad del franquismo. Esto no obsta para que la condena de la dictadura pueda hacerse expresa en otros niveles del filme, como así ocurre.

Ispansi propone una lectura de la Guerra Civil española (y subsidiariamente de la SegundaGuerra Mundial) en la que la condición de exiliados/emigrados de los niños y adultos habilita un encuentro humano lejos de su tierra, España, en que el amor (la codificada ideología del amor) se convierte metonímicamente en gozne de una especie de reconciliación imaginaria de los bandos republicano y nacional. Una reconciliación cuyos términos revisan de modo relativamente no-consciente el planteamiento de víctimas y culpables del documental de Jaime Camino. Solo así es posible que el narrador protagonista (comunista, ateo) afirme, emulando el mandato cristiano: “inexplicablemente comencé a amar a mi enemiga”. 

Otro elemento contextual relevante en los significados subyacentes del filme es el de la trilogía de este director en la que se enmarca: Un franco 14 pesetas, sobre los españoles inmigrados a Centroeuropa en la segunda mitad del s. XX y 1 euro, 3,5 lei que identificaba a aquellos con los actuales inmigrados a España. Finalmente Ispansi resolvería la reconciliación posbélica española también en una clave sentimental. De ahí el establecimiento del espacio simbólico del desarraigo y la lejanía como depurador de rencores llamados a superarse y habilitador de un perdón de tintes cristianos. Objetaríamos, con un problema: la impunidad obliterada implícitamente. Así la condición de españoles en el exilio aparece cancelando en buena medida los odios de la guerra fratricida. De este modo un falangista de la División Azul interrumpe la ejecución de un grupo de españoles llevada a cabo por el ejército nazi y les salva la vida con un inequívoco “no voy a permitir que a un español le mate un puto alemán“. 

Lo central (en un cierto nivel) del filme no es tanto la historia inicial de la protagonista (un amor prohibido que la obliga a ocultar su maternidad y desencadena la peripecia del filme) como la historia de amor entre un comisario político del PCE y una joven madre soltera falangista que culpa de su desdicha por igual a ambos bandos de la Guerra Civil y que se vuelve obrera, diríamos, por amor. 

El llamativo lema promocional del filme (y su funcionamiento a modo de subtitulo): “donde las dos Españas se dan la mano” parece confirmar la vía de análisis que proponemos para algunos implícitos no solo de esta película en concreto sino de otras del mismo autor y de algunos otros documentales producidos en España en la última década: una especie de resolución de dos fuerzas en conflicto vivas en la historia de España a través de la figura del exiliado/emigrado. Idea singularmente hilvanada a través de una propuesta de identificación-puente de índole emocional entre los españoles emigrados y los inmigrantes llegados a España en los últimos veinte años.

El primer elemento de la idea sostiene que nosotros los españoles emigrados fuimos como ellos los inmigrantes que ahora llegan a España y aparece explícita en varios filmes de no ficción españoles recientes (Emigrantes en tierra de Emigrantes, El tren de la memoria y el citado 1 euro, 3,5 lei). Un segundo vector transforma este dispositivo identificatorio (el desarraigo y el padecimiento común) en propuesta de resolución o superación del nudo gordiano de la transición española: la impunidad y la reconciliación, ese abrir o dejar estar las fosas comunes. En esta propuesta de superación, lo superado (en palabras del autor) sería un “manido discurso de buenos y malos” y lo alcanzado sería la comprensión de que “en el fondo todos los protagonistas se precipitan a su destino sin haber podido elegir”. La conexión lógica entre ambas cuestiones migratorias y el conflicto civil español y sus consecuencias no es fácil de desentrañar porque no pertenece, pensamos, a una instancia consciente.

Antes de intentar dar una respuesta recordemos la relevancia de este otro significativo trasvase del nivel personal (el de los personajes de su ficción) al nivel de los acontecimiento históricos en que –en la lectura propuesta- nadie sería responsable de nada, porque todos son responsables por igual (“hubo víctimas en ambos bandos” y “en los dos bandos se comentaron barbaridades”) ni ninguna causalidad podría estar impregnada de más legitimidad que otra, porque llamativamente existe una instancia superior llamada “destino”. Suena llamativamente parecido a la posición defendida por ciertos discursos sociales en España en reacción a la reciente pugna en torno a la llamada memoria histórica (y su legislación de 2007). Estos discursos de índole conservadora han venido señalando lo innecesario y dañino de (re)abrir
discusión alguna en torno a la ilegitimidad del golpe de estado militar de 1936 y la dictadura de corte fascista que origina.

El resultado es un coctel semántico de regusto imposible, pero muy arraigado en el no-consciente social de la España actual. Por un lado, insistimos, la desdicha personal de los infortunados inmigrados españoles es idéntica a la de los infortunados inmigrantes llegados a España, borrándose así la especificidad de cada movimiento migratorio y la diferencia sustancial existente por ejemplo entre el refugiado y la mano de obra barata demandada por el capitalismo globalizado (1 euro, 3,5 lei). Paralelamente la conversión fantasiosa de la protagonista del bando vencedor suplantando a una mujer republicana muerta -de su propio servicio doméstico- en una desdichada (exiliada, emigrada) como cualquier otra, iguala a los dos bandos de la Guerra Civil española sobre el pivote discutible de la idea del individuo, el ciudadano, presa de azaroso devenir de una historia en la que se ve pasivamente sumido.

En este conjunto discursivo el signo migrante se pone al servicio tanto de la necesidad de reconstrucción de la autoimagen de la identidad española (una España piadosamente cristiana que se compadece porque ha padecido) como de una insólita propuesta de superación del conflicto replanteado en torno a la memoria histórica con mayor o menor acierto. Son dos cuestiones fundamentales de la historia de España, (reacia por una parte a replantear sus cimientos de impunidad, reacia por otra al migrante que imagina detractor de recursos) que al trazarse simultáneamente en el tiempo (la primera década del s. XXI) se conectan un tanto mágicamente sobre fundamentos lógicos discutibles. Dos cuestiones históricas fundamentales sí, pero diferentes que en definitiva terminan conectadas de modo subyacente en pos de una solución única imposible, porque se trata de una conexión forzada en el terreno de las emociones, al servicio de uno de los discursos en conflicto, que bajo disfraz de madurez salomónica, de ambiguo humanismo cristiano, bendice una impunidad que lleva el marchamo de ese reprimido que, por serlo, siempre retorna. En especial cuando los personajes ateos comunistas se ven impelidos a enunciar epístolas paulinas a los Corintios en las que el amor, entre españoles, todo lo puede, todo lo borra.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s