“Laila”, identidad y gratitud

Nieves Rosendo | Literatura  

Karrouch, Laila (2010) Laila, Madrid, Oxford University Press.

Colección El árbol de la lectura. Serie Juvenil

Escrita y publicada originalmente en catalán con el título De Nador a Vic y galardonada en 2004 con el premio Columna Jove, esta primera obra de Laila Karrouch continúa siendo una referencia en educación secundaria, tanto por el testimonio que supone su relato autobiográfico, como por ser un claro ejemplo del trasvase de culturas como fuente literaria. Escrita para “hacer un poco más visible la barrera que existe entre las diferentes culturas” (p.155), Laila recorre el final de la infancia y la adolescencia de una inmigrante marroquí en España, desde el pueblo de los Karrouch hasta las calles de Vic, ofreciéndonos una mirada que va creciendo con la autora, enriqueciéndose con su amplia perspectiva como habitante de ambos mundos. Al desvelamiento de de una Hispania que no es la tierra de promisión esperada, se le opone el cariño por el nuevo hogar y el constante recuerdo y reencuentro con la tierra de su niñez.

Sin embargo este relato, más que estructurarse sobre los distintos territorios, presta gran parte de su atención a las personas que los habitan, que los conforman, y que son significativas en el camino de Laila hacia la edad adulta: sus padres y hermanos, parientes en el pueblo o emigrados, las compañeras de clase, profesoras y amigas. Los mayores son de especial relevancia en el texto, especialmente su hanna, su abuela materna. Inmigrante a su vez, una argelina en Marruecos, la abuela de Laila encarna tanto la nostalgia del primer hogar como la necesidad de reconocer y mantener las raíces de la propia identidad. De este modo, y situando el cierre de la narración en un momento próximo al presente con el nacimiento de su hija, Laila se convierte en el eslabón central de una cadena formada por las generaciones que se extienden entre ambas orillas.

Escrita en primera persona en un estilo directo y sencillo, con la misma fluidez que un relato oral espejo de las grabaciones en cintas que, como nos cuenta la protagonista, eran las “cartas” que se intercambiaban con los parientes en Marruecos y Holanda, si Laila tiene un aspecto verdaderamente especial es su mostración de la gratitud: toda la narración se explica mediante esta emoción. Cada evento narrado, cada suceso explicado con detalle, evidencian la gratitud de Laila hacia sus familiares y su origen, hacia sus  amistades o su ciudad. Ello no quiere decir que la crítica, las dificultades y la tensión de la propia identidad no tengan lugar en Laila. Su deseo frustrado de proseguir con la práctica del atletismo, los primeros contactos con actitudes xenófobas, las dificultades para conciliar algunos aspectos básicos de su religión y su cultura, así como el momento de madurez en la mujer, o la posición del hijo varón, son también tratados en la historia, como también los altibajos propios de la adolescencia y el paso hacia la emancipación ya con su propia familia.

En la Laila adulta que cierra el libro con un árbol genealógico de su familia, con los necesarios recordatorios y un pequeño glosario bereber, vemos una necesidad de comunicar la experiencia de su vida, quizá espejo de otras, entendida no sólo como un tránsito entre dos o más territorios, sino también como ejemplo de que la aceptación de una cultura distinta parte desde la aceptación y afianzamiento de la propia, que no debe ser disuelta entre los vaivenes del viaje. Así, Laila nos  obliga a retomar la reflexión sobre los límites y los supuestos de los que parten conceptos como la integración o la asimilación del inmigrante.

La cuestión del género también se encuentra presente, pero no se trata de un tema central, del mismo modo que las dificultades de la adolescencia aquí relatadas no tienen como objeto profundizar en el conflicto intergeneracional. Podría decirse que sorprende más la ausencia de conflictos que se dan por sentados que los conflictos en sí; que el valor reside en el propio planteamiento de los mismos, tremendamente maduro a través de un estilo directo y juvenil. Laila, como algunos cuentos de tradición oral (no en vano su autora escribió una recopilación de éstos titulada Un meravellós llibre de contes àrabs en 2006), esconde bajo su aparente sencillez el germen de muchas discusiones de profundo calado, y conmueve por el relieve que concede a actitudes tan poco valoradas en nuestro tiempo como la fraternidad, la solidaridad entre semejantes, el respeto a los mayores o el deseo de superación.

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