“Girimunho, imaginando la vida”, ficción documental reflexiva y vitalista

Ana Belén Estrada | Cine  CICLO EXTRAÑO TANTO MAR, CINES DEL SUR, 11-06-2012

Clarissa Campolina y Helvécio Marins Jr. son dos directores brasileños que trabajan juntos desde el 2002. Han coodirigido una serie documental sobre arte para el canal de TV Cultura de Sao Paulo y han realizado dos bandas de cortometrajes Nascente y Trecho que ha obtenido más de treinta premios en festivales nacionales e internacionales. Girimunho, imaginando la vida (2011) es su primer largometraje juntos.

Esta película gira en torno a una ficción-documental. Surge a partir de la exploración de los dos directores en una pequeña y aislada población brasileña, Sao Romao, y se centra en la narración de la vida de una anciana. La parte de ficción es la previsión de ciertos aspectos, pero este pequeño fragmento de biografía es real así como sus personajes que no son actores profesionales ni cuentan con un guión. Abre también una puerta al realismo mágico latinoamericano por los fenómenos que narra.

La anciana se enfrenta a la muerte de su marido, más bien al posmorten de este pues si bien su muerte no le hace llorar su difunto esposo se manifiesta en la casa mediante un constante ruido de martillaje en el taller. Ella dialoga con el fantasma sobre lo hermosa que es la vida; y esta es la reflexión que encontramos en cada uno de sus monólogos y en las breves charlas que tiene con sus nietos. Observamos que frente a la muerte, representada por su marido, y frente a su senectud, esta anciana rebosa vitalidad la cual expresa, mediante una saludable actividad física, en una ocasión se nos presenta haciendo ejercicio en una bicicleta estática, y más aún mediante una forma poética, mediada por sus reflexiones y que nos transmite su enérgica filosofía. Consigue liberar al fantasma de su marido cargando sus ropas en una maleta y dejándolas después en el agua del río, ayudándole así a que su viaje continue, sin menor sombra de duda ni miedo en sus acciones. Esta anciana se enfrenta a la muerte, le planta cara.

La vital filosofía de la protagonista contrasta con su fragilidad física y con la estaticidad elegida por los directores al emplear largos planos fijos. Es importante por tanto en esta película las palabras de la protagonista que resuenan en una fotografía monótonamente móvil ofreciendo al espectador tiempo para la reflexión. El paisaje más recurrente es el horizonte de un ancho río. A este escenario se suman otros rodados en interiores, sumidos muchas veces en la oscuridad y en un juego de desenfoque que tienen como protagonistas a los personajes. El conjunto muestra un modo de intimista de narrar que va acompañado por una casi total ausencia de planos generales sobre el pueblo dejando que la vida de este lugar nos llegue mediante una profunda primera persona, la anciana. Es importante además la música, muy presente en todo el relato, cánticos sobre la madre, salpicados con creencias populares y danzas ritual.

Al protagonismo femenino se añade uno más, otra anciana vecina de la que sabemos algunas cosas relacionadas igualmente con el canto o la confección de amuletos como una careta con la cara de un carnero. Ambas ancianas están acompañadas por sus nietos y nietas; creando el juego de la oposición juventud-senectud. En cuanto a las generaciones intermedias, no se dice nada más que su total ausencia.

La imagen de la inmigración que nos transmite esta película gira en torno a dos aspectos. El primer aspecto es la pérdida de las tradiciones locales, representada mediante la exploración de las tradiciones de una población que está desapareciendo debido a la ausencia de las generaciones intermedias que posiblemente hayan emigrado; también mediante el empeño de la nieta en abandonar la comarca pues no ofrece posibilidades para un desarrollo académico; pero sobretodo por estar focalizada sobre la población más anciana y sobre la muerte en diferentes aspectos. La presencia de la muerte contrasta con el subtítulo de la película, imaginando la vida, el cual puede ser una metáfora de la posición que toma un migrante ante el hecho de partir, o de la anciana ante el hecho de morir y para ambos casos, ante la vida como un viaje, el segundo de estos dos aspectos. La anciana justifica su actitud meditativa ante su nieta diciendo que está “imaginando la vida, viendo pasar el tiempo para que Dios me ayude a llegar”.

Viaje, tiempo, paso, muerte y vida. Aquí la migración se experimenta vital e intersubjetivamente como viaje en una doble cara, pues supone la pérdida pero a su vez la actitud positiva de imaginar la vida; viaje como tránsito constante asociado al tiempo que pasa, “nosotros somos el tiempo” es la reflexión final de la anciana en la película, representado visualmente con el río como lo que transcurre y lo que se afronta como una realidad naturalmente cambiante.


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