Siguiendo las vías de “El tren de la memoria”: reflexiones sobre el documental de Marta Arribas y Ana Pérez

Daniel Fuentes | Literatura y cine

La patria es el lugar donde no estoy

Pessoa


Puntualmente rodado en el auge del triunfalismo neorriquista patrio, cuando tocaba a su fin del ciclo de desarrollismo empezado con la liberalización del suelo, el euro, el febril crédito y a pique de que las hipotecas basura pincharan la ilusión de la burbuja inmobiliaria, El tren de la memoria es simplemente imprescindle para cualquiera que sienta la tentación de pensar que “eso aquí o a mí no me pasó”, o “nosotros íbamos con contratos de trabajo”. A la vuelta de pocos años, cuando la afluencia de migrantes estaba a punto de trocar la atávica tradición emigrante española en la de “receptores” de inmigrantes (quizá decir “anfitriones” sea demasiado benévolo) el ejercicio de memoria y la mirada retrospectiva del documental cobran un valor profético.

Marta Arribas y Ana Pérez, que velaron armas en la realización audiovisual en el programa televisivo 30 minutos, alternan imágenes documentales inéditas (por difíciles y caras de conseguir) con los testimonios de los protagonistas. Con un ritmo eficaz y emocionante, el hilo conductor es una vez más el viaje del héroe (de la heroína, Josefina, en nuestro caso), su nostós a Nüremberg, con motivo de la jubilación, tras 30 años de servicio en una ONG, de Leonor, vieja compañera de armas en la conquista de la tierra prometida. En un ejercicio de anamnesis (voluntad de recordar), de memoria histórica en su sentido más literal,Josefina va desgranando un anecdotario de datos y recuerdos sobre su peripecia en el exilio; de sus condiciones de vida y de trabajo, parangonables a las de unos dos millones de españoles que abandonaron el país en la década de los 60 del pasado siglo, en una huida hacia delante que, en muchos casos, culminó en una huida hacia atrás, la del emigrante retornado que los convertiría en inmigrante en su propio país, ya definitivamente apátridas.

El trayecto a Nüremberg de Josefina es el hilo de Ariadna que nos conduce por los dédalos de nuestra memoria más reciente e incómoda, evocando una peripecia ferroviaria que más parece sacada de las distopías de Kafka o Arreola, o diseñada por la vidriosa logística de Adolf Eichmann. Millones de hombres y mujeres llevados alucinadamente a muchos kilómetros de distancia e ignominia por estaciones, fábricas y ciudades de toda Europa, gente de campo con maletas de cartón, con el rostro atezado de intemperie y miseria, mellas prematuras y trazas de desnutrición instaladas en los andares y los huesos de por vida.

Enemistados a muerte con todos sus vecinos tras la guerra, los alemanes tuvieron que recurrir a la figura del Gastarbeiter (literalmente, trabajador invitado) o Fremdarbeiter (que podemos traducir por trabajador forastero), para lo que se valieron mediante sonrojantes acuerdos bilaterales de mano de obra no cualificada y no sindicada de Turquía y España, cuando todavía África “empezaba en los Pirineos”.  Muchos todavía adolescentes y todos literalmente sin voz (nadie hablaba ni una palabra de alemán, y casi todos eran analfabetos en su lengua, o prácticamente), el denominador común de las historias es el camino de perfección de cada uno: todos se convirtieron a marchas forzadas en adultos, algunos conocieron incluso el amor en circunstancias tan adversas, se casaron y tuvieron hijos, otros decidieron regresar o quedarse; muchos enfermaron pronto por la dureza de las condiciones de trabajo. También Josefina, que a pesar de su escasa formación de partida, consiguió aprender el idioma, cambiar el estatuto de paria por el de trabajadora y convertirse en una líder sindical europea para luchar por los derechos de sus correligionarios.

Degradados a mercancía pública y privada, a pura fuerza de trabajo, por una parte, su ausencia aligeraba las listas del paro nacional, y por otra, su impagable labor como emisarios de divisas al país y a las familias los convertía en ausentes o invisibles necesarios, en convidados de piedra a un banquete que pagaban ellos mismos. Después de muchos años de NO.DO, con todo atado y bien atado, la propaganda franquista, mucho más hábil de lo que la posteridad reconoce, los ninguneaba a golpe de ramplona receta del showbusiness al uso: espectáculos de coros y danzas, el inefable José Luis y su guitarra (de sorprendente actualidad) o el himno¡Vente p´Alemania, Pepe!

Por mucho que sus familias insistieran en que enviaran sólo lo que pudieran sin pasar necesidad, más que la dureza del trabajo, lo peor era lo poco que les lucía el sacrificio, la desolación de volver a casa en vacaciones y preguntarse qué deuda se tragó tanto esfuerzo, por cuál de los agujeros de la economía familiar se escaparon sus horas extras. Al calorcillo del ya incipiente desarrollismo urbanístico de los sesenta, a lo más que aspiraban era a una manumisión en forma de apartamento en los suburbio de una gran ciudad a su vuelta, mientras que los que no habían tenido necesidad de emigrar, muchas veces sustentados directa o indirectamente con sus divisas, o acaso –especulan en voz alta– habiendo ocupado el puesto de trabajo que quizá les hubiera correspondido a ellos si no les hubiera tocado irse, no tenían, ni mucho menos, una situación manifiestamente peor. Hacinados en barracones apenas remozados de la guerra, sin calefacción, los trabajadores forasteros vivían en los aledaños de las fábricas segregados por sexos, incluso los matrimonios. Con la fábrica metida literalmente en la alcoba, los cuadrantes de los turnos se configuraban para evitar que las parejas coincidieran tanto en la fábrica como en la cama. Arrumbados en ghettos, también mentales, algunos de los que se quedaron tardarían 40 años en conocer el centro de la ciudad.

Con el alma escocida por la derrota en las Guerras Médicas, se cuenta que Darío I de Persia, apodado el Grande por sus campañas victoriosas, contrató a un ayudante de cámara para que siempre que lo viera sonreír, le espetara al oído: “Acuérdate de los atenienses”. Lejos de ese espíritu, algo aguafiestas, y contra los cantos de sirena que nos invitan a encallar en el olvido, a edulcorar los propios recuerdos, siempre es necesario rememorar la epopeya de una diáspora que no conoció tierra prometida.

Para acabar, un aviso para navegantes desmemoriados y políticos manostijeras: ¿Cuántos guiones imprescindibles languidecen en cajones por falta de producción?¿Cuántas más historias dormirán el sueño de los injustos arrumbadas en los ángulos oscuros de la historia, a la espera de la mano de nieve que sabe contarlas?


 

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